jueves, 1 de marzo de 2012

FA-CHA-DA


Reprimes las lágrimas e intentas guardar la compostura para que nadie sepa que estas sufriendo. Te vistes, peinas y maquillas a pesar de no tener ganas, haces un esfuerzo para levantarte del sofá y que aparente no pasar nada. Caminas por las calles con un maxi-bolso, tacones de aguja y unas grandes gafas de sol que oculten tus ojeras. Saludas con una media sonrisa, y una voz ronca, se te quedan mirando, pero no preguntan por qué, sigues caminando cabizbaja. Suena tu teléfono móvil, sacas un guante, y miras quien es, lo tiras con rabia dentro del bolso y dejas que suene. Al fin llegas a la cafetería, te sientas y esperas a que llegue tu paño de lágrimas. Hablas y hablas, y a pesar de que cambias la frase, o la forma de decirlo, siempre es lo mismo. Te vas sin nada claro, como llegaste pero más tranquila. Llegas a casa, abres la puerta sin ganas, tiras los tacones a un lado, y te dejas caer en el sofá con una caja de galletas saladas, y ves la televisión acariciando a un peludo gato. Se pasan las horas, y en cada imagen del televisor ves tu problema, una y otra vez, una y otra vez. De repente te apetece escuchar música, uno de esos éxitos que tanto te gusta escuchar cuando tienes un mal día, y vuelves a estropear tu maquillaje con agua que sale de tus ojos y te resbala por la cara hasta desaparecer en la manta con la que estas acurrucada. Esperas dormir muchas horas. Pero el sueño no quiere venir, das vueltas, acomodas la almohada, te tapas y destapas, pero sigues igual. Decides ir al lavabo, te miras en el espejo y ves lo estúpida que eres, las lágrimas amenazan con volver y vuelves a intentar conciliar el sueño. Lo consigues. Te despiertas y no estás mejor. No eres feliz, aunque piensen que sí. Que lo tienes todo y que no te falta nada. Que te sobran personas con las que compartir tu vida. Pero tú no quieres corazones vacios.  

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