viernes, 2 de diciembre de 2011

ESTATUA

El miércoles dedicamos la clase de filosofía a meditar. El profesor puso música relajante, y nos fue guiando hasta nuestra propia imaginación. Todos nos colocamos en una postura cómoda y cerramos los ojos, concentrándonos en nuestra respiración, y olvidándonos de lo demás. A mi al principio me costó un poco, porque me daba vergüenza que me vieran con los ojos cerrados, pero al ver que todo el mundo se comportó correctamente sin risitas ni tonterías me dejé llevar. El viaje comenzó en una habitación oscura y muuuuy grande, con apariencia de museo, con una ventana acristalada en forma de semicírculo en el techo que dejaba ver una noche despejada. El silencio y la incertidumbre poblaban la habitación, además de la sensación incómoda de presentir que hay algo al otro lado de la oscuridad que no puedes ver. Ese algo era mi estatua. Su físico no era exactamente igual al mio, pero lo que me transmitía si eran mis sentimientos. Era blanca, completamente blanca. Incluso la superficie en la que estaba subida era blanca. Vestía como las estatuas griegas, con una túnica holgada que le cubría todo el cuerpo, excepto los pies. El pelo lo llevaba como las musas griegas: enroscado hacia atrás, y una cinta con hojas. La estatua miraba hacia arriba, en ningún momento bajó la vista. La expresión de su rostro era seria. Lo que me trasmitía la estatua era frialdad, indiferencia. Miraba a la gente desde arriba, e ignoraba todo aquello que le pudiera molestar. Hablaba pero nadie la escuchaba, miraba pero nadie veía a donde. Impotencia.
Esta actividad me gustó mucho, pero me hizo reflexionar. Me sentí identificada con la estatua, quizás seamos la misma persona.

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